Anatomía del beso: de Iker Casillas a Luis Rubiales

Anatomía del beso:  de Iker Casillas a Luis Rubiales

Hoy se cumplen catorce años (fue el domingo 11 de julio de 2010) del beso de España, de ese ósculo de cuento de «colorín colorado» o beso timorato y refrescante de sandía y polo de limón, entre el futbolista Iker Casillas, a la sazón capitán de la Selección Española, y la periodista de Mediaset Sara Carbonero.

Sucedió tras la victoria de La Roja sobre Países Bajos (¿por entonces no se llamaba Holanda?), que supuso la consecución española de su primer y único mundial de fútbol masculino hasta la fecha.

Carbonero, ejerciendo su labor, entrevistó a Casillas tras el partido en la zona mixta y este la besuqueó, exponiéndose a una cobra pública. Nota aclaratoria: era vox pópuli que estaban saliendo juntos.

Si esto fuera una película clásica de Disney, tipo Blancanieves o La Sirenita, la cosa habría acabado ahí, en el clímax (si acaso dando buena cuenta de unos perdigones regados con vinillo de la casa en la Venta Los Cazadores); pero el capítulo de la vida sigue, y después del beso vienen las hipotecas y los niños, y después de las criaturas los sustos de salud, y la cosa termina con un par de firmas en el juzgado y si te he besado, no me acuerdo.

Hay que saltar trece años hacia el futuro y once mil kilómetros (los que separan Johannesburgo de Sidney) al este desde ese beso robado del portero a la reportera, que coloreó de ilusión rojigualda o arreboló las mejillas de los españoles, al «piquito» o morreo que el expresidente de la RFEF Luis Rubiales le plantó a la jugadora Jenni Hermoso como colofón al primer campeonato del mundo logrado por la Selección Femenina de Fútbol en agosto de 2023.

Un ósculo que también hizo subir los colores nacionales, pero esta vez de vergüenza. Eso sí, un rubor a posteriori e inducido, como decretado desde la sala VAR de lo políticamente correcto.

¿Qué ha cambiado?

Si es cierto que de un beso a otro va un continente y tres lustros, no es menos verdad que hablamos de sendos besos robados, improvisados, no solicitados o unilaterales de un hombre (poderoso) hacia una mujer (¿empoderada?). Descontextualizados, en definitiva, son lo mismo: una expresión carnal del alborozo por parte del mozo besucón.

Entonces, cabe echar una mirada en derredor al contexto, al paisaje moral del paisanaje de nuestra Españita de bubucela y Cucurella. ¿Qué ha cambiado desde entonces hasta hoy para que se haga un escándalo de lo que antes era una hazaña? , hay que preguntarse, tal y como hizo el escritor extremeño Javier Cercas en su magnífico ensayo «Anatomía de un instante» donde analiza exhaustivamente el golpe de Estado fallido del 23-F como si fuera una jugada polémica dentro del área, es pertinente congelar las dos imágenes, la de Iker y Sara y la de Rubiales y Hermoso.

Luego hay que seguir las huellas de la evolución sociocultural desde aquel verano de 2010 al presente: contar cuántos centímetros hemos bajado la barra del limbo de la permisividad. Cuántos órganos del cuerpo patrio se han visto afectados por la metástasis del virus «woke». Y es que, si bien entre Iker y Rubiales hay un trecho, para mal del segundo, en estos casi tres lustros encontramos os ofendiditos por cualquier cosa.

También algunas señoras ven con malos ojos la costumbre ibérica de saludarlas con dos besos; la saga de Torrente ha pasado de llenar salas de cine a estar al borde de la cancelación (aunque volverá); el varón tiene que demostrar su inocencia en caso de duda (la inversión del ‘in dubio pro reo’), y triunfa «el hombre blandengue» contra el que despotricó El Fary en su versión Bellerín o Borja Iglesias.

Mas yéndonos a la actualidad, hoy ya sabremos si el adversario del domingo de La Roja en la Eurocopa es Países Bajos (víctima de los de Del Bosque en 2010) o Inglaterra (rival de las de Vilda en 2023).

Esta vez, el escenario de la final del torneo continental es el Estadio Olímpico Berlín, ciudad en cuyo residual muro luce el famoso grafiti del morreo entre los líderes políticos de la época, los comunistas Leonid Brézhnev y Erich Honecker. ¡Eso sí que fue un beso!