Imelda Marcos contra el fango

Imelda Marcos contra el fango

«Esto es fango, fango y más fango», dijo Imelda Marcos. «Son un puñado de jueces ultras que me persiguen. Si yo hablo del bien de los filipinos, ellos, fango. Si yo creo riqueza, ellos, fango. Si digo que hay pleno empleo, ellos, fango», soltó la llamada «mariposa de hierro» a la paciente sirvienta que rebuscaba un par de zapatos para su señora. Era 23 de marzo de 1990. La estaban esperando en un tribunal para juzgarla por corrupción. Pocos meses atrás había muerto su marido, Ferdinand Marcos, el político que, tras ser elegido en las urnas, pervirtió la democracia del país y dio un autogolpe de Estado para convertirse en dictador.

Filipinas se convirtió en su cortijo. Imelda venía de una familia bien. Sus abuelos eran españoles, de Tolosa y Granada. Aprendió a decir «dame» en inglés, japonés y chino. Era la «presidenta», aunque nadie nunca la había votado, y a pesar de que muchos de buena gana la hubieran botado. Tenía un concepto de sí misma que hubiera hecho las delicias de cualquier estudioso del narcisismo. «¿Sabes qué, Teresa? -dijo Imelda a su sirvienta mirándose en el espejo-. Nací ostentosa. Algún día mi nombre saldrá en el diccionario: ‘‘imeldífico’’ significará ostentación y extravagancia». Luego se puso de perfil y preguntó: «¿Cómo crees que me verá la Historia?».

La sirvienta guardó silencio. Sabía el odio que había acumulado entre los filipinos, quienes, tras tres años de luchas, en 1986, obligaron a los Marcos a huir del país. «¿Te has fijado en la tal Corina Aquino, la nueva presidenta? -preguntó Imelda-. Con esa pinta de monja y esas gafas. Qué fea. Sin embargo -continuó-, mírame. Yo he sido modelo. La mujer más guapa del Continente. Fui Miss Manila en 1950. He marcado la moda. Tengo 3.000 zapatos. Y hablo inglés». Aquello le había venido bien para engatusar a Richard Nixon y a Sadam Husein.

«Se empeñan en judicializar la vida política -lamentó-. Pero la política se resuelve con política, y la política soy yo, el Estado soy yo, Filipinas soy yo». «¡¡Y me llaman populista y autócrata!! ¡¡A mí!! Yo he hablado siempre al pueblo de tú a tú, ¿sabes?, con cartas y discursos para que entendieran mi sacrificio y supieran que estoy profundamente enamorada de Ferdinand». Suspiró y se dejó caer en una silla. La sirvienta se distraía colocando las joyas de su señora en cajas, una a una, como fichas de dominó. «Ay, esas perlas -dijo Imelda viendo el esmero de su sierva-. Cuántos recuerdos. Cuando iba al Waldorf Astoria de Nueva York hacía que me llenaran la cama de largos hilos de perlas. Me dan suerte». La ex «presidenta» iba a necesitar esa suerte. El tribunal la juzgaría por corrupción y blanqueo de capitales. Era el epítome del tráfico de influencias.

«Me gusta África, sí, donde hay negocios y pureza -siguió Imelda-. Monté un ‘‘center’’, ¿sabes? Es cierto que tuve que firmar algunas cartas de recomendación y mover hilos con grandes empresas. Lo hice como si fuera un máster de transformación social competitiva». La ex «presidenta» se giró hacia la sirvienta buscando su complicidad con el chiste, pero no vio respuesta. Quizá la chica sabía que Imelda trasladó jirafas, cebras e impalas de Kenia para crear su propio «África center» en la isla de Calauit. ¿Qué fue de las 2.000 familias que allí vivían? Las echó en nombre del progreso ecosostenible y la diversidad animal.

Sus excentricidades habían llegado más lejos. Usó el dinero público para comprar cuadros de Goya, Picasso, Van Gogh o Monet y colgarlos en las paredes de los edificios que había adquirido también con la pasta de los filipinos. No sabía qué hacer con tanto dinero. 10.000 millones de dólares robados dan para mucho y, además, ¿qué es la vida sin caprichos? «La gente me critica -rompió Imelda el silencio- porque dice que cojo mucho el Falcon, o como se llame. ¿Y qué? Mi tiempo es oro. No como el suyo. Si quiero que el avión dé la vuelta porque se me ha olvidado comprar queso en Roma, pues que lo haga. Y si quiero gastar 2.000 dólares en chicles en el aeropuerto de San Francisco, lo gasto».

Se atusó el cardado colmena y siguió. «Los ultras filipinos han sido muy ingratos con nosotros, que tanto hemos dado a este país. Mira lo que te digo. No voy a enterrar a Ferdinand hasta que no se le rindan honores en el Cementerio de Héroes, aunque pasen 27 años». Terminó la perorata y escogió un abrigo de visón entre las cuatro docenas del armario. «Vamos al juicio -ordenó-, pero ganemos o perdamos, nos iremos de compras después».

Imelda Marcos fue condenada a 24 años de prisión por corrupción en septiembre de 1993. A día de hoy, sigue haciendo política en Filipinas.