«Hispanoamérica, canto de vida y esperanza»: memoria que sana

«Hispanoamérica, canto de vida y esperanza»: memoria que sana

La memoria es selectiva: aplica filtros. Si en ellos queda atrapado lo positivo, si solo tenemos ojos para lo que hemos hecho mal, nos apocamos, podemos incluso llegar a desaparecer: cunde la depresión, la ansiedad, no hallamos cómo operar fecundamente. Si en los filtros queda atrapado lo negativo, el optimismo y la confianza pueden desbordarse y llevarnos a ignorar obstáculos reales, a ser inmunes a críticas pertinentes, lo cual también puede abrir abismos. Una memoria sana sería entonces una cuyos filtros retuviesen lo que nos traba indebidamente y dejasen a la vista lo que nos impulsa a crecer, lo que resulta pertinente para resolver las necesidades y llegar a objetivos.

Los filtros de la memoria colectiva están controlados en enorme medida por el poder. Las élites de los poderes enemigos de los hispanos –con una insólita, entusiasta y nada despreciable colaboración interior– a partir del siglo XVI, sin cejar, han intervenido nuestro pasado por todos los medios, embridando nuestro desempeño en la historia hasta hoy. Su labor ha consistido en instalar, en propios y extraños, unos filtros que retienen lo positivo y que dispensan en los grifos, listo para el consumo ciego y masivo, un líquido negruzco rebosante de atrocidades y atraso propios. Semejante bebedizo lo ingerimos cotidiana e inauditamente los hispanos y nos transforma, en América, en pobres víctimas; en España, en crueles victimarios. El maléfico brebaje nos llena, según nos encontremos en América o Europa, de resentimiento o vergüenza; nos hace miopes, confinándonos a lo inmediato; nos impide percibir los formidables horizontes que podríamos alcanzar si osáramos levantar la cabeza juntos, si dejáramos de querer, en vano, ser como quienes nos subordinan, extraviándonos en el estéril desierto de la alienación.

Los enemigos de los hispanos de los dos hemisferios –y sus aliados internos– han instalado entre nosotros un marco referencial refractario a lo propio positivo. Generan así una memoria enferma que escamotea lo que nos impulsaría a crecer, lo que resultaría pertinente para resolver nuestras necesidades. Pero esta memoria enferma está llegando –por hartazgo, por evidencia en contra, por el peligro que entraña– a su final. Cada hora caemos más en cuenta de que no somos las horrendas creaturas que vemos en los espejos deformantes que han puesto ante nosotros: estamos comenzando a fabricar nuestros propios espejos. Las imágenes que empezamos a percibir –¡sorpresa!– incluyen la plenitud, la belleza y la nobleza de espíritu.

Ahora bien, remover el marco referencial viciado, hoy anclado y preponderante, demanda artefactos de comunicación poderosos. Se dice que «dato mata relato». Falso. Los datos puntuales luminosos rebotan en las conciencias que tienen instalado el marco refractario a lo positivo. Este sesgo profundo –existencial para muchos– no puede ser alterado en el mero plano de los argumentos: demanda una potente vivencia transformadora que desatasque el espíritu. En este contexto emerge la película «Hispanoamérica, canto de vida y esperanza», de José Luis López-Linares: una obra de arte que recorre –de la mano de amantes conocedores, sobre todo hispanoamericanos– el esplendor de los tres siglos previos a las repúblicas, entretejiendo voces, imágenes deslumbrantes y una música conmovedora. Ello genera una vivencia fuerte susceptible de desplazar o al menos de poner en cuestión el marco instalado (Imperio español es oprobio) y sustituirlo por otro (Hispanidad incluye plenitud).

La eventual fractura o remoción del marco refractario a lo positivo aterra a los cultores del resentimiento victimista o de la vergüenza del victimario: dinamita el relato en el que ellos aparecen como preclara conciencia justiciera. De pronto descubrimos que son meros oficiantes del apocamiento y la fragmentación; de pronto caemos en cuenta de que, al conseguir mantenernos fraccionados, al querer incluso fraccionarnos más, son el obstáculo principal que nos separa de un muy factible despliegue pleno de nuestro velamen.

Con frecuencia, en una narración, se da un momento en el que se descubre una verdad crucial y todo da un vuelco: el patito feo es un cisne; el sapo, un príncipe; el mendigo, el rey… Es el momento de anagnórisis. «Hispanoamérica, canto de vida y esperanza» opera para muchos como tal. El avergonzado español que piensa que el 12 de octubre no hay nada que celebrar descubre –desde voces agradecidas hispanoamericanas, imágenes desbordantes de belleza, música que eleva– que los castellanos que desembarcaron en América no fueron un monolito depredador: entregaron fervorosamente su Dios, mezclaron apasionadamente su sangre, acabaron con la antropofagia y los sacrificios humanos, sembraron el territorio de ciudades que trasladaron la civilización occidental al otro lado del Atlántico, generaron riqueza, produjeron belleza… La anagnórisis abre una brecha que permite la irrupción de una memoria que sana.

La hispanidad es capaz de plenitud, respira aliviado, en una sala de cine española, el que se creía pariente de verdugos: ha comenzado su desintoxicación. En esta etapa, requerirá un período de dosis masivas de verdad y positividad para compensar siglos de negatividad en megadosis. Esa verdad, esa positividad signan «Hispanoamérica, canto de vida y esperanza». En ella, música, imágenes y palabras se funden y nos sumergen en una vivencia rotunda de belleza que desvela una verdad incesantemente escamoteada: Hispanoamérica es una gigantesca comunidad real, Hispanoamérica es capaz de esplendor y plenitud, Hispanoamérica es dueña de una enorme vitalidad y alegría, Hispanoamérica solo debe conocerse mejor para recuperar los puentes que la llevarán de vuelta a la grandeza.

Carlos Leáñez Aristimuño es hispanista y profesor del Departamento de Idiomas de la Universidad Simón Bolívar de Caracas.